Raya el alba y Casimir abre los ojos.
La escena: Casimir en una playa, el semblante de un náufrago, la boca sedienta. Detrás, la dócil canción de las olas arrastrarse por la arena húmeda. Una y otra vez.
¿Dónde está?
La línea de la costa se extiende tanto a la derecha como a la izquierda. Kilómetros de arena imperturbada.
Y de frente, la espesura verde de la selva.
* * *
La noche la pasa al raso, bajo los troncos de los árboles más cercanos a la costa. No quiere alejarse del mar.
Ha estado caminando todo el día. Escogió la derecha. Oyó una vez que siempre hay que girar a la derecha en cualquier bifurcación dentro de un laberinto. Luego piensa si quizá hacia donde se debía girar era a la izquierda. Pero ya daba igual.
Un apunte interesante: en su viaje contempla algo que lo deja sin palabra. Es un barco varado en la playa, cuyo casco está destrozado, totalmente oxidado. Parece el cadaver de un engendro marino en pleno estado de descomposición. El nombre del navio se ha borrado por la erosión. Parece antiguo, quizá de principios de siglo. El silencio allí es casi insultante; incluso el ir y venir de las olas parece haber dado una extraña tregua. Casimir se abstiene de penetrar en él.
Al anochecer se tumba bajo uno de los árboles y se quedó dormido. El murmullo de las hojas es una nana, o puede que un extraño hormiguero.
La duda llega con el nuevo amanecer…
Casimir se despereza, estira los músculos, se levanta. Mira a un lado, a otro; arriba el cielo está limpio, no hay nubes. Camina un poco para estirar las piernas, se limpia la arena adherida a la ropa.
Entonces lo ve.
Pisadas. Más pisadas, cientos de pisadas. A su alrededor. Alguien lo ha estado contemplando, mientras dormía.
Gente que camina descalza.
* * *
Lo capturaron al atardecer de ese mismo día. Caminaba por la playa cuando los vio por primera vez. Pero aun no llevaban puestos esos malditos trajes. Aquellas personas -dos hombres, una mujer- estaban pescando tranquilamente, en un pequeño muelle construído sobre unas rocas, en la playa. Casimir gritó, intentado captar su atención. Los pescadores lo oyeron, se fijaron en él.
Salieron despavoridos, internándose en la selva. Casimir intentó seguirlos.
Aquello fue un error.
* * *
Luego, más tarde, en su celda, recapacita y consigue comprenderlo todo. Posiblemente lo estuvieron vigilando. Ellos conocían el terreno. Casimir se había perdido. Todos los árboles eran el mismo árbol. Pasaron horas y horas, daba vueltas y vueltas.
Ellos aparecieron con los trajes, de improviso, entre la maleza. Las máscaras de plástico se empañaban cada vez que ellos respiraban. Casimir se detuvo. Al principio no supo que pensar, luego se acercó, amigable, explicando atropelladamente su situación, haciendo gestos exagerados con sus manos.
Pero ellos no hicieron caso. Redujeron a Casimir en cuestión de segundos, lo maniataron.
Casimir se resistió. Entonces uno de ellos lo golpeó en la cabeza, fuertemente.
Perdió el sentido.
* * *
-Hora de despertarse –dice una voz. El gas se ha evaporado en el aire, el olor fuerte del somnífero ha desaparecido. La voz pertenece a una mujer. Ella se acerca a Casimir. En sus manos, protegidas por guantes de goma, igual que el material que compone su traje aislante, porta con cuidado una jeringuilla hipodérmica.
-Espera… ¿Qué demonios…? –pregunta Casimir.
-Es solo un…
La mujer clava la aguja en el brazo de Casimir. Él aun no ha vuelto totalmente en sí. La frente se le llena de pequeñas gotas de sudor. Ve su propia sangre, más oscura de lo normal, extraída lentamente, llenando el interior de la jeringa.
-… pinchazo –termina de decir la mujer. Sonrie a través de la máscara. Se marcha sin decir adiós.
Casimir se fija en sus pies.
Ella, al igual que los demás, va calzada con botas.
* * *
Once personas más… ¿Supervivientes del barco? ¿Qué habrá sucedido? El incendio, la explosión, ese náufrago al borde de la muerte... No recuerda las caras de los pasajeros que viajaban con él, no consigue situarlas. Tampoco las facciones de la tripulación. Había pasado casi dos semanas conviviendo con ellos, viéndolos cada día pero...
Sigue estando sólo. Sigue sin entender nada.
(Continuará...)
lunes, 4 de diciembre de 2006
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